martes, 18 de octubre de 2022

A Jaime





A Jaime,

Que hoy cumples un añito. Nuestro hijo querido que tantas alegrías nos estás dando.

Jaime, que hasta hace unos meses has sido un bebé muy dócil. La noche que naciste te la pasaste despierto observando con atención la habitación del hospital y a mí, tu mamá, que me encontraba tumbada a tu lado también sin dormir y sin saber qué nombre dar al sentimiento que me producía mirarte.

Ese inicio por el mundo auguró el que está siendo el desarrollo de tu personalidad: un observador impasible, que procura estar en todo pero que tampoco se altera tan fácilmente con lo que ve. Todos los que te han conocido este año, de una manera o de otra, lo recalcan. A veces, por no perderte nada, te duermes con los ojos a medio cerrar. Cuando viajas en el carrito, la gente se sonríe cuando giras la cabeza bruscamente para seguir mirando algo que ha llamado tu atención, normalmente alguien. Eres descarado, pero el gesto es serio, como el de un científico ante un descubrimiento singular.

Tu mamá, que soy yo, se derrite por dentro aunque desde fuera mi expresión sea grave ya que desde que naciste convivo con una nueva preocupación que es la de que tú estés bien.

Últimamente, entre tus aficiones se cuenta la de los mandos a distancia. Para distancia la que dejas entre el mando y tu cara, apenas un par de centímetros, para escudriñar cada botón que aprietas como si se te fuera la vida en ello. Tu padre te ha apodado el técnico del aire acondicionado, y te viene al pelo.

Ahora, con el año, estás soltándote a andar. Es una tarea a la que te enfrentas con determinación, pero también con felicidad, pues yo ya no me acuerdo, pero debe dar mucho gozo ir adquiriendo nuevas capacidades. A veces, cuando estás cansado, volvemos al carrito y estiras tu bracito para pasear de la mano.

Te gusta montar en columpio, que te dejemos probar el helado, estar con otros niños y te vuelve loco la piscina.

Jaime, te queremos mucho, muchos: tus abuelitos, y tus tíos, Reggie y Christine, tus tías Amparo y Pilar, Dragos y Fátima, tus primitas...tanta gente a la que le alegras el ratito que estás con ellos.

Ojalá sigas creciendo así de contento y curioso, y qué ganas de seguir acompañándote por muchos años en esta aventura que es vivir.

Te quiere, 

Tu mamá

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Capítulo infantil



Creo que en general todas las infancias están repletas de acontecimientos raros y sorprendentes, a los que uno como niño no siempre es capaz de dar una explicación muy lógica, quizás porque se es demasiado pequeño o porque hay mayores involucrados y aún no puedes comprender bien sus intenciones.
Estando yo en séptimo de EGB, un día llegue a clase y me senté con mi sempiterna compañera de pupitre a encarar la mañana. Para mí el colegio era lo mejor, yo me levantaba por las mañanas súper motivada, me encantaba ir a clase y encontrarme a mis amigas, flirtear a mí manera con el que me gustaba de toda la vida y pelotear a los profes. Aún a veces revivo ese entusiasmo febril que me embargaba, la emoción de mis días y de mis pequeñas aventuras, que todavía transcurrían a salvo de futuras desavenencias.
El caso es que ahí estaba yo una de tantas mañanas, cuando por la puerta entra la profe de Lengua y observo cómo me mira mientras se sienta en su mesa. Supongo que me inquieté, o quizás me quedé igual asumiendo que era normal que se fijara en mí. Al ver que yo le devolví la mirada me soltó: “Cecilia: a ver si hoy te estás tranquilita, que esta noche he soñado contigo y no veas….”. ¡Vaya! Me quedé de piedra. Por aquella época yo ya consideraba los sueños un asunto muy serio, y doy fe que en aquella clase ni me moví y hablé lo justo. De vez en cuando miraba de reojo a Amparo Berrocal (así se llamaba mi profe) para ver si podía adivinar algo sobre aquel misterioso sueño. No tengo claro qué pensé, pero sí sé que el asunto me dejó preocupada y enferma de curiosidad.
Es así, siempre nos sentimos dueños de aquellos sueños en los que aparecemos, aunque no los soñemos nosotros. Pero en aquel caso, la prudencia me aconsejó no preguntarle directamente.
Meses más tarde, en las vacaciones de verano, mi desairada curiosidad encontró una vía para vengarse.  Así las cosas, estando en la casa de veraneo de mi abuela, una noche soñé que entraba al cuarto de baño de mis padres y veía a Amaro Berrocal duchándose. Se estaba enjabonando la cabeza y cerraba los ojos para que no le entrara el champú, de tal manera que ella no podía ver cómo yo la espiaba…me desperté un poco angustiada y queriendo quitarle hierro al asunto, había visto desnuda a mi profesora pero sólo había sido un sueño.
 
Aquel verano en el que cumplí trece años, fue un verano distinto a los anteriores. Por un lado, tal y como mi abuela se encargó de anunciar a todo el que quisiera escucharla, me hice mujer; pero por otro lado, también nos cambiamos de casa y dejamos Valencia y la que había sido la casa y el barrio de los últimos años con el consiguiente cambio de amigos y entorno. A mi hermano, como era aún pequeño lo cambiaron a otro cole que estaba cerca de nuestro nuevo hogar, pero mis padres tuvieron el detalle de dejarme terminar EGB en el mismo colegio donde había estudiado siempre y así volví en septiembre para terminar octavo de EGB.
Al finalizar el curso y el colegio, Amparo Berrocal nos regaló un libro a cada alumno. Había dos libros distintos: uno de poemas de Machado y otro titulado Mujeres. A mí me dio un ejemplar de Mujeres. Esta mañana me he levantado pensando que  estas Navidades, cuando vuelva a casa de mi madre, pienso releerlo, a ver si ya de una vez por todas, estoy preparada para descubrir lo que había en ese sueño.

jueves, 12 de abril de 2007